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miércoles, 19 de agosto de 2009

El denunciante como maledicente, según Fernando Iwasaki

Por lo visto mis acusaciones contra Rosa Beltrán han calado muy hondo, a pesar de la cínicamente mentirosa “Aclaración” de ella, la censura impuesta por José Luis Martínez y el que, por lo visto, la mayoría de los lectores no haya entendido la parte racista del asunto.

De otra forma no se explica que otro colaborador del suplemento Laberinto, el escritor peruano Fernando Iwasaki, parezca referirse a mí sin nombrarme, en la colaboración de su columna del sábado 15 de agosto, titulada “Maledicentes”.

Difícil no darse por aludido si of all places Iwasaki publica su texto en Laberinto (colabora también en el diario español ABC y en otras partes), el mismo suplemento en el que, hace no tanto, se publicó mi carta sobre el racismo entre “los cultos”, específicamente Rosa Beltrán. La misma que, al no tener la opción de poder ningunearme (las acusaciones eran tan graves que su silencio sólo podría interpretarse como aceptación) escribió una mentirosa “aclaración” que no aclaraba nada. Mismo suplemento en el que su editor, José Luis Martínez, le dio la razón a ella y la última palabra al tiempo que impedía cualquier posibilidad de que yo pudiera responder a sus mentiras, exhibiéndola aún más. El mismo Martínez, quien terminó asumiendo por correo ante mí la censura descarada de una carta abierta en la que yo protestaba por su parcialidad como editor.

Si todo lo anterior es reducido a mera “maledicencia”, entonces Rosa Beltrán no es una racista mentirosa y José Luis Martínez no es un censurador, editor confeso de refritos y lacayo de Beltrán. E Iwasaki no tiene por qué sentir la mínima pena de elogiar a Beltrán o publicar con Martínez.

Tan difícil como el que yo no me dé por aludido es igualmente difícil para Rosa Beltrán el que ella no se dé por aludida. Porque lo que Iwasaki inicia como un aparente repaso por la historia de la maledicencia en el ámbito literario deriva en una curiosa arenga a practicar “la costumbre de elogiar”. Enlista a un grupo de escritores españoles a los que considera elogiables y, a continuación, “como la lista latinoamericana sería larguísima” se limita a México (quién sabe por qué este país y no Argentina o su natal Perú) y enlista a los escritores mexicanos elogiables, entre los que cuenta a…Rosa Beltrán.

A mí me parece, por parte de Iwasaki, una forma muchísimo más hábil y sutil de poder darle también un espaldarazo a Rosa Beltrán, sin caer en la torpeza de José Luis Martínez de evidenciar censura y hasta expresar afirmaciones involuntariamente denigrantes para sí mismo (“soy un editor que, a sabiendas, publica refritos”).

Iwasaki tiene la costumbre de elogiar. Hace poco, en el mismo suplemento Laberinto, lo que inició como una columna para poner en duda el valor de ser “escritor joven”, de considerar la juventud y precocidad de los escritores como un valor en sí mismo, acabó concluyendo en un elogio (merecido) al escritor argentino Andrés Neuman.

Pero en realidad Iwasaki se equivoca. No se trata de que “contra la maledicencia, el elogio”. Porque la crítica y la denuncia pueden acabar siendo consideradas como “maledicencia” por quien no entiende la diferencia entre elogiar y adular. O la diferencia entre las relaciones públicas y la crítica literaria positiva o negativa hacia la obra de quienes, como humanos, lo mismo pueden escribir maravillas, que obras buenas, malas o mediocres. Aquel que siempre invariablemente elogia terminará viendo siempre cómo sus elogios son cada vez menos apreciados por sus elogiados, que apreciarán su amistad pero no necesariamente su gusto.

Ya que Iwasaki implica que soy un “maledicente” tengo que informarle que, por ejemplo, elogié en la revista mexicana Replicante la obra de uno de los escritores españoles, Isaac Rosa, al que él considera elogiable; en específico su novela El vano ayer (2004). Antes de mí, que yo sepa, en México sólo se habían publicado acerca de esta novela de Rosa las críticas “maledicientes” de Christopher Domínguez y José Manuel Prieto, los cuales se ocuparon, más que los aspectos literarios de la novela, de especular acerca de la relación que guardaba Rosa con los regimenes cubano y venezolano, de quienes, según se podía desprender de lo que escribían aquellos, Isaac Rosa habría sido escritor favorito y consentido, a grado tal como para que, no importando que fuera en forma turbia, le regalaran el premio Rómulo Gallegos de 2005, en perjuicio de otros concursantes.

Más bien Iwasaki tendría que ser más cuidadoso en sus elogios, pues, por ejemplo, elogiar a Rosa Beltrán no es lo mismo que elogiar a Isaac Rosa. Este último no tiene en España, hasta donde estoy enterado, un cargo en la burocracia cultural que le permita difundir a otros escritores, a diferencia de Beltrán. Entre Rosa y Rosa Iwasaki puede terminar espinado de la lengua por soltar elogios a diestra y siniestra. Elogiar la obra de una funcionaria encargada de difundir la obra de otros escritores, con la capacidad de promover a unos y vetar a otros, como sin duda será su caso y el mío, respectivamente, siempre despertará la suspicacia.

Pero lo más importante es, creo, el hecho de que sea precisamente él, el colaborador de Laberinto que tiene un apellido “oriental”, quien le dé un nuevo espaldarazo a Rosa Beltrán. Eso “probaría” que José Luis Martínez tiene razón y que en el texto de Rosa Beltrán sobre los coreanos no hay “ningún atisbo de racismo”.

Quiero pensar que Fernando Iwasaki, al igual que muchos lectores, no entendió la parte racista de este asunto. Pensar de otra forma implicaría el tener una concepción muy negativa acerca de él, como alguien a quien, para establecer o mantener una amistad o relación conveniente que le sirva para seguir promocionando su obra en México (editor José Luis Martínez y funcionaria Rosa Beltrán), no le importa escupir contra sí mismo, contra la parte de sus genes que es “oriental”.

Iwasaki, quien es nieto de japonés (Wikipedia) y se declara en entrevista “medio japonés” no tiene, ciertamente, mucho aspecto “oriental”; y como lo da a entender en algún cuento suyo como “La sombra del guerrero” la herencia cultural japonesa en realidad le es ajena. Para él lo “oriental” es algo tan exótico como para la mayoría de occidentales, quienes no cuentan entre sus antepasados a un abuelo japonés.

Y como Iwasaki ha comido (creo que se trata de una exageración literaria, pero quién sabe) hamburguesas de gato (Por qué escribo relatos o para cuándo novela) seguramente no alcanza a percibir qué puede tener de racista el que Rosa Beltrán invente que los coreanos se roban gatos para comérselos y además invente a un amigo anónimo al que pueda atribuir tal declaración.

¿Para hacer esas hamburguesas Iwasaki se robó los gatos de los vecinos, se quejaron de él y terminó apareciendo en un periódico como el medio japonés robacomegatos? ¿O todo lo anterior sólo puede ser señalado, incluso inventado, cuando se trata de coreanos?

Por eso, en el próximo mensaje les explicaré y mostraré, a él y a todos quienes no hayan entendido la acusación de racismo contra Rosa Beltrán, que la misma tiene su base en la forma tan rara en que Beltrán escribe y “versiona” sus supuestas crónicas.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Reseña de El vano ayer, de Isaac Rosa

Publicado en Replicante número 11

Unos versos de Antonio Machado, de su poema “El mañana efímero”, del libro Campos de Castilla: "El vano ayer engendrará un mañana / vacío y ¡por ventura! pasajero" dan título a El vano ayer (Seix Barral, 2004), la inquietante pero divertida al tiempo que indignada y dolorosa, muy lamentablemente poco difundida segunda novela del escritor español Isaac Rosa (1974). La cual resultó ganadora de varios premios en el 2005, el más importante de ellos el Rómulo Gallegos, de Venezuela, el más prestigioso de América Latina.

La concesión de éste dio lugar a una ruidosa polémica que inició el crítico venezolano Gustavo Guerrero, consejero de la editorial Gallimard, con un artículo en El País, Réquiem por un galardón, mediante el cual, al tiempo que reconocía como brillante la obra del “joven y talentoso Isaac Rosa”, cuestionaba en su composición —“un solo bloque político”— al jurado que le había premiado, implicando una premiación a Rosa por razones políticas y no literarias y en posible perjuicio de otras obras concursantes, por la pública simpatía del galardonado hacia el régimen cubano, amigo del de Hugo Chávez. Rosa publicaría una firme respuesta a Guerrero afirmando que “nadie me ha pedido cuenta de mi ‘afiliación política’, ni de mi opinión sobre Cuba, ni antes ni después de la concesión del premio”. Agregando que el venezolano desconocía y distorsionaba su posición política.

Terciaron además: por España y a favor, la escritora Belén Gopegui, denunciando un ninguneo por parte de El País al triunfo de Rosa, y el crítico Ignacio Echevarría (cuya censura en el diario ya mencionado es tristemente célebre); por Venezuela y en contra, el escritor Miguel Gomes, criticando a su vez el texto de Echevarría; por México y en contra, el crítico Christopher Domínguez, miembro del jurado del Rómulo Gallegos que en 2003 premió El desbarrancadero, de Fernando Vallejo, quién se burló de Chávez en su discurso de aceptación y donó el monto del premio a la Sociedad Protectora de Animales.

Según se quiera ver, el gesto de Vallejo fue o un “inofensivo ademán execratorio”, de acuerdo a Echevarría, o una provocación inaguantable que habría llevado a la domesticación del premio, según Guerrero. Lo cierto es que, en alguna entrevista posterior, Guerrero insiste más en la pluralidad que debe haber en el jurado del Rómulo Gallegos, que en la importancia que tengan los gestos de Fernando Vallejo para el regimen chavista o en si la ideología de Isaac Rosa le hace ganar premios a éste. Por su parte, Christopher Domínguez, en una perdida de compostura y civilidad, publicó una soflama comparable a la que en su momento lanzó contra El miedo a los animales, de Enrique Serna.

¿Pero qué hay en esta novela rodeada de tales pasiones y reacciones político-literarias? No es, en realidad, la historia de Julio Denis —un nombre en homenaje al seudónimo que utilizó el gran Julio Cortázar para publicar su primera obra, Los Reyes—: un anciano profesor de Literatura que podría haber sido o no un delator en el medio universitario madrileño de mediados de los sesentas bajo el franquismo y responsable o no de la desaparición del líder estudiantil André Sánchez, a su vez sospechoso de ser o no él mismo un delator.

Esta continua oscilación de la “anécdota”, bajo la forma de una novela en marcha en la cual el autor (en ningún momento nombrado como Isaac Rosa) muestra las interioridades del taller escritural, presentando con ironía los múltiples y trillados caminos por los que el relato puede transitar para satisfacer al lector autocomplaciente en su “antifranquismo” superficial, deja claro que lo que se narra es la construcción de la narración misma y que el verdadero protagonista es el lector. Deja claro también que Rosa huye, cual de la peste, tanto del panfleto como de la visión nostálgica o “divertida” del tardofranquismo que, denuncia, algunos han promovido.

Es mentira entonces lo afirmado por José Manuel Prieto (Letras Libres, enero de 2006) en el sentido de que la novela plantearía una falsa dicotomía de traidores y héroes. Prieto elude mencionar las múltiples y detalladas descripciones que de la tortura practicada por la policía franquista aparecen, como también aparecen los efectos de la misma en los torturados. No hay más “héroes” en El vano ayer que los falsos de la transición, que aprovecharon “un par de meses de cárcel” para poder decir después que “ellos sufrieron la represión”. Se equivoca al afirmar que la novela de Rosa es más “una suerte de reportaje del pasado, que la indagación de una condición universal”. ¿No conocerá de los debates sobre la llamada transitional justice, es decir, la acción o inacción de la justicia en los países que han pasado de regimenes dictatoriales y “autoritarios” a democráticos, con respecto a los crímenes del pasado no democrático? Eso incluye a España, Europa del Este, México, Centro y Sudamérica, África…

¿Fácil, según Prieto, desenmascarar a tanto delator o "chivato" que todavía anda por ahí? ¿Masivo el fenómeno? ¿Más dignos de conmiseración que de condena los ciudadanos (todos) de un país envilecido? Tendría que haber denunciado en su reseña a Rosa si éste miente al afirmar que, aún hoy, no se tiene acceso a los archivos de los órganos represivos de la dictadura de Franco; darse cuenta, también, de que su ejemplo del cubano del futuro enfrentando inútilmente la memoria de la dictadura castrista en realidad es una descalificación, una condena por adelantado, de la deseable futura democracia en Cuba, que ya prefigura “con males heredados e injertos de manera casi indefectible”; finalmente, tampoco debe volver a leer Conversación en la catedral si tanto le molesta que un escritor pueda criticar duramente a los ciudadanos de su país envilecido, y hasta incursionar en el envilecimiento ajeno (Vargas Llosa tiene las nacionalidades peruana y española, pero no la dominicana).

Isaac Rosa muestra convicciones firmes sobre el franquismo, pero, como escritor que vive en una época de relativismos, muerte de Dios, derrumbe de los Grandes Relatos, en la que se ha puesto en duda que exista la Verdad, solicita que entren a su obra voces que contradigan sus convicciones. Así, oye hablar a los policías que justifican su labor durante la dictadura, voces que dudo que nunca se hayan dignado dar explicaciones directas en la realidad. Así, el personaje del autor, en principio encaminado con respecto al franquismo hacia un definido “análisis del período y su consecuencias”, más adelante se vuelve formal y calma a unos ruidosos lectores empeñados en que quede aún más claro el significado del título, estropeando el disfrute de la novela y recordando lo malo pasado en lugar de valorar lo bueno presente. Así, en lugar de una invectiva panfletaria contra la represión franquista útil sólo para lavar la propia conciencia, presenta un divertido y a la vez desgarrador capítulo en donde los detenidos que entran a las oficinas policiales terminan no estando ahí, a pesar de que nunca hubieran salido: singular truco de magia de la policía franquista, que dejaba en ridículo a los magos profesionales.

El vano ayer es una variación de la conocida frase de Unamuno: podéis haber vencido, pero al final terminasteis no convenciendo. Es prueba, además, de que Machado tenía razón cuando escribió: "Más otra España nace / la España del cincel y de la maza /… / España de la rabia y de la idea".