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viernes, 5 de octubre de 2007

Enrique Krauze

Este jueves 27 de septiembre, en el Centro Cultural Bella Época del Fondo de Cultura Económica, se realizó la sesión final del homenaje Para leer a Enrique Krauze. Fui el segundo de los tres participantes del público a quien se le dio la palabra (aunque en mi caso el moderador, Rafael Lemus, me interrumpió, diciendo que se trataba de un problema personal entre yo y Krauze, y no me dejó concluir). No me “rebelé” ante la interrupción pues no conocía a Lemus y no quise derivar precisamente a algún problema personal con él. Lo cierto es que, en un local lleno de amigos, colaboradores y admiradores del homenajeado, nadie más intervino para “callarme”.

Toda la concurrencia pudo ver que yo no estaba borracho ni drogado; que me expresaba de manera coherente aunque no entrara en detalles respecto a la parte oscura de Enrique Krauze, a la que sólo aludía, pues estábamos en su homenaje; que en ningún momento le dirigí algún insulto al homenajeado; y que incluso mencioné a la gran Dama (así, con mayúsculas) que es Marie José Paz, para establecer un contraste entre ella y Krauze, dejando bien claro que no se trataba del sabotaje de un antiliberal de la izquierda dogmática contra el “demócrata sin adjetivos”.

No, fue, en todo caso, el desahogo de alguien que conoció y trató a Enrique Krauze entre 1992 y 1993 y lo que vio lo dejó asqueado.

La persona que participó antes de mí, de obvio origen español, nos había deleitado a la concurrencia contándonos durante unos quince minutos (al menos a mí me pareció ese lapso o aún mayor) la interesantísima historia de cómo había conocido, cuatro días antes, la obra del homenajeado. Francamente nunca hubiera tomado la palabra si no me hubiera antecedido una participación de ese tipo. Nunca tuve, además, la idea de ir en forma deliberada a cuestionar a Krauze en su homenaje. No podía prever que se abriría la sesión de preguntas.

Si alguien considera incorrecta mi conducta en un acto público de homenaje, sólo pido que se me precise en qué consiste esa incorrección. Me tocó presenciar una bochornosa escena entre José de la Colina y Huberto Batis, en el homenaje al primero en la Sala Manuel M. Ponce, con Batis refiriéndose a De la Colina como “hijo de puta” y otras lindezas. Manifesté lo que pienso de Krauze, pero sin gritos, insultos ni faltas de respeto al homenajeado y al público presente.

Después, durante el cóctel que siguió, Krauze fue quien, acercándose, me dijo que el asunto lo podíamos solucionar “dónde quieras, cuándo quieras y cómo quieras”. Algunos podrían interpretar eso como una amenaza. En todo caso lo encaré y lo que tuve que decir se lo dije en su cara. No seguimos hablando pues le llamó, oportuna, Consuelo Saizar, la directora del FCE.

Quedamos en que le llamaría en dos semanas, para vernos en un lugar neutral (él pretendía que lo viera en sus oficinas). Lo veré para “recordarle” algunas cosas que parece haber olvidado y porque –es mi regla de oro- pienso que lo que digas de alguien debes siempre ser capaz de sostenérselo en su cara.

Roger Bartra, Joaquín Díez Canedo y mi editor, Rogelio Villarreal, saben parte de mis razones en contra de Krauze, pero en realidad se trata de una historia larga y complicada. Y, por si fuera necesario aclararlo, de mis actos y dichos yo soy el único responsable.

Sé que la confrontación con alguien como Krauze implica puertas que se cierran, exclusiones, oportunidades perdidas, pero ya basta de que el poderoso dicte en este país su voluntad. Así como no voy a permitir que el señor Carlos Slim, amigo de Krauze, meta su mano en mi bolsillo para quitarme 438 pesos por servicios que Telmex jamás me proporcionó, tampoco voy a permitir que Krauze me avasalle.

Retomo una imagen que me proporcionó la señora Marie José Paz para referirse a la confrontación, durante 1968, entre la pluma (Octavio Paz) y el poder (Gustavo Díaz Ordaz): el “pobre diablo” y el Poder, con el primero ganando siempre al final, por escribir la verdad. Así enfrentaré lo que pase.

Yo soy el pobre diablo y Krauze el Poderoso.

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Me gusta la buena conversación, sea personal o en línea, pero borraré sin contemplaciones cualquier insulto. Cuando he criticado a alguien siempre he mostrado las razones para hacerlo. Y jamás me he ocultado en el anonimato, como hacen muchos en línea.