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martes, 9 de septiembre de 2008

Una comida con Gonzalo Celorio I

Estuve dudando de si escribir y publicar este post. Aquí sí no se trata de un asunto de interés público, sino de una simple anécdota personal. Pero finalmente decidí que sería bueno publicarlo, para mostrar que sigo con mi vida normal a pesar del asunto de los extraños correos, que no deja de intrigarme pero que no me va a obsesionar ni a limitar. Y también para compartir mi gusto por el buen vino, la buena comida y la buena conversación.

De todo esto hubo en la comida, el viernes 5 de septiembre, con el conocido escritor Gonzalo Celorio, al ser yo uno de los ganadores del concurso de trivia literaria “De México a la Habana con Gonzalo Celorio”, en su vertiente citadina. Para celebrar el lanzamiento de la segunda edición de las novelas de Celorio Tres lindas cubanas e Y retiemble en sus centros la tierra, la editorial Tusquets México organizó sendos concursos de trivia acerca de estas dos novelas. La referente a Tres lindas cubanas tenía como premio un viaje a Cuba para dos personas; la correspondiente a Y retiemble en sus centros la tierra, una comida con el autor, con previo recorrido por algunas partes del Centro Histórico, guiados por éste. De este último concurso fui uno de los ganadores.

Es gracioso: estaba en el Centro Histórico y al ir pasando a un lado de la entrada del Bar Alfonso, en donde tuvo lugar esta comida con Celorio, fue cuando me llamó la atención la convocatoria, que estaba pegada en la pared. Me encantan los juegos de destreza mental, los crucigramas y los programas de preguntas, y me gusta el reto implícito en toda clase de trivias. De Gonzalo Celorio había leído una antología de la UNAM, con presentación de Eduardo Casar, y un ensayo titulado México: ciudad de papel, pero no lo conocía en su faceta de novelista.

Leí las dos novelas. Literariamente hablando me gustó más Tres lindas cubanas que Y retiemble en sus centros la tierra, algo que terminé comentando respetuosamente al propio Gonzalo Celorio, en la comida. Le dije que esto tal vez tenía que ver, al menos en parte, con que en la primera hay una sensualidad, la sensualidad de la mujer cubana, que está ausente de la segunda, que es la historia de una caída.

[Por cierto que encontré en la Red una crítica bastante destructiva de esta última novela por parte del fallecido Luis Ignacio Helguera, en Letras Libres. Sé que es incorrecto hablar mal de los muertos, etc., pero en vida de Helguera, en los foros de letraslibres.com (en los que, desde hace tiempo, ya no puedo participar, pues los mensajes que ingreso obviamente son censurados, pues terminan no apareciendo publicados en el foro respectivo, esto, mucho antes de haber yo encarado públicamente a Enrique Krauze y su Alzheimer que curiosamente sólo padece respecto al sexenio de Carlos Salinas de Gortari…), repito, en los foros de letraslibres.com, por entre los años 2000 y 2001, cuestioné a Helguera por un estúpido, ignorante y racista artículo suyo.

Helguera contaba de sus apuros para cobrar en la Secretaría de Cultura capitalina por unos “rollos” (ese fue el término que él mismo utilizaba para referirse a sus profundas reflexiones literarias), los cuales había lanzado en la Casa de la Cultura San Ángel. Y lo que le parecía el colmo de su periplo era su encuentro con quien llamó un “cagatintas japonés”, quien le puso múltiples trabas burocráticas. Pala bulalse, Helgula plesentó a éste hablando el habla esteleotípica de casi todos los asiáticos que apalecen en la nalativa mexicana: todos los asiáticos plonuncian eles en lugar de erres. Escribí entonces en los foros de Letras Libres que ese artículo sólo mostraba lo ignorante y racista que era Helguera. En la fonética de la lengua japonesa simplemente no existe el sonido de la ele, por lo que era simplemente imposible ese cambio de erres por eles por parte del supuesto japonés (que bien podía ser chino, malayo, coreano...o simplemente mexicano).

Tiempo después vi de lejos a Helguera en el Instituto Mora, durante una conmemoración de la muerte de Octavio Paz que ahí se celebró. Por un momento dudé de si debía encararlo, pero finalmente lo descarté, pues estaba presente Marie José Paz, a quien respeto y aprecio mucho a pesar de algunos desacuerdos que tengo con ella, pues inevitablemente se daría una escena desagradable y además el asunto no iba a pasar de darle un coscorrón intelectual a quien fue un experto en el texto breve pero un lamentable ignorante en cuanto a cultura japonesa (¿por qué no le habrá pedido asesoría a Aurelio Asiain, para no escribir la tontería que escribió?), a fin de cuentas un asunto menor. A diferencia del cuestionamiento moral a quien, como Enrique Krauze, no tiene diferencia alguna con, digamos, Héctor Aguilar Camín, a pesar de que el primero se pretenda un “escritor independiente”, quien sencillamente ha tenido la suficiente habilidad para no dejar huellas que lo llevaran a ser finalmente exhibido como un intelectual orgánico que recibe “ayudas solidarias” del Príncipe, tal como pasó con el segundo…

Por eso, si la novela de Celorio es buena o mala, no le concedo crédito al respecto al juicio de quien, como Helguera, se refería a sus propias reflexiones como “rollos”. En fin, a pesar de todo, le deseo a Luis Ignacio Helguera, alguien a quien nunca conocí ni traté, que descanse en paz, igual que como lo haremos todos algún día.]

Tuve la opción de participar en las dos trivias, pues tenía las respuestas para ambas, pero consideré, por razones tanto personales como referentes a la continuación de la investigación sobre Vicente Capello, que, en el eventual caso de ganar la trivia de Tres lindas cubanas, no me habría sido posible viajar a Cuba y disfrutar el premio.

El caso es que, hace algo más de un mes, de Tusquets me enviaron un correo notificándome que había ganado la comida con Celorio, y que podía llevar un acompañante. No le era posible ir a la bella que es mi tormento y delirio. Pensando que le interesaría ir le pregunté entonces a mi buen amigo Pedro Reyes, el Tejón, si quería acompañarme. Pedro fue tecladista del grupo Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, del cual fue miembro fundador, pero del cual terminó saliendo antes de que ese grupo grabara su primer disco, por razones que nunca he sabido bien. Si Tusquets hubiera permitido más acompañantes, habría ido también su esposa.

La cita fue a las doce del día, en el Salón Luz. Llegamos puntualísimos Pedro y yo: no encontramos a nadie, y entonces llamé a Tusquets, en donde sólo estaba puesta la contestadora. Unos minutos después vimos llegar a Gonzalo Celorio, quien se puso a saludar a una pareja madura, que hasta entonces no habíamos notado. Eran el otro ganador, Roberto, y su esposa Wally, una simpática italiana. Celorio y Roberto ya se conocían y el primero felicitaba al segundo por haber participado (luego, sin que se le preguntara, aclaró que no había habido mano negra. Lo sé, si no yo no hubiera sido ganador). Me presenté y presenté a Pedro. Luego llegaron las integrantes de Tusquets México, encabezadas por Verónica, la editora; posteriormente se integraría el simpático e intelectualmente inquieto Jordi Ferrés, quien primeramente entendimos que era el encargado de finanzas y luego supe que era el director general.

Roberto resultó ser un economista retirado, muy simpático y culto. Por identificación generacional, porque ya se conocían o también porque ambos se pusieron a hablar de los extensos viajes por Europa que han hecho, lo cierto es que durante toda la jornada Gonzalo Celorio básicamente habló con Roberto, y con la gente de Tusquets.

No digo que me haya ignorado. En todo momento fue amable, ocurrente, gracioso (durante la comida contó con mucha gracia un genial chiste que comienza con los rayos catódicos y termina con la revelación a un niño de que los Reyes Magos son sus papás, todos nos reímos y yo estaba doblado de la risa), didáctico sin caer en lo pedante, etcétera, pero sí tuve que interrumpir con mis intervenciones las conversaciones que sostenía con otros de los comensales en la mesa, a fin de no quedar como el ganador silencioso. No importa. En general todo fue muy agradable y cordial. Tuve una no diré que discusión pero sí desacuerdo con Wally, que quiero comentar después, pues permite ampliar algunas ideas mencionadas en la parte dedicada a Luis Ignacio Helguera.

Después continúo comentando sobre la experiencia.

Pero antes quiero reconocer públicamente la seriedad en sus compromisos de la Editorial Tusquets, a diferencia de otros organizadores de concursos, pues en este caso no hubo “mano negra”, se avisó con la debida antelación de cuándo y dónde se efectuaría la reunión, y pocos días antes se envió un nuevo correo para confirmar la fecha.

Como concursante ganador, puedo afirmar que Editorial Tusquets, como organizadora de concursos, es un absoluto contraste con, por ejemplo, el poco serio periódico Milenio Diario. Éste fue organizador, junto con la editorial Sexto Piso, del concurso “Descifra la Pieza única de Pavić”, el cual gané. Como ya comenté en el post “Mi primer concurso literario ganado, con juez de lujo: Milorad Pavic”:

El concurso consistía en resolver, con una anotación en el Cuaderno azul del personaje investigador, los asesinatos que se presentan en la novela Pieza única, la cual, desde mi punto de vista, es una interpretación muy personal que realiza Pavic del género de la novela policíaca. El juez fue el propio Milorad Pavic.

(…)

Los premios consisten en un ejemplar autografiado de su novela, y la publicación en Milenio de mi texto. Y por supuesto, el gusto de que lo que escribí haya convencido a un lector de lujo, a pesar de las distancias físicas y culturales.

Milorad Pavic es el escritor serbio más reconocido internacionalmente, un autor de culto, quien ha sido nominado varias veces al Nobel de Literatura. Diccionario jázaro (versiones masculina y femenina), publicado en español por Anagrama, es su obra más conocida (se ha traducido a 22 idiomas).


A más de seis meses de que se diera a conocer públicamente el resultado en la página web de Sexto Piso, Milenio Diario no ha cumplido la parte que le corresponde: publicar el texto ganador y el comentario de Pavic.

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